Edificando no una casa, sino un hogar

  

Si Jehová no edifica la casa, en vano trabajan los que la edifican. Salmos 127: 1

Cuando llegamos a cierta edad nuestro deseo es casarnos y formar una familia, fijando nuestros ojos en la persona que nos gusta y nos hace sentir bien, despertándose un anhelo de estar a su lado y no separarnos jamás. Empezamos a soñar con ese día y lo que será nuestra vida al lado de esa persona que amamos.

Nuestros oídos se cierran, y de nadie escuchamos consejo; empezamos a ver por los ojos del amado y muchas veces esto hace que nos olvidemos de Dios y de lo que Él quiere para nuestra vida. Más aún, no le damos el lugar correspondiente en nuestra relación y vamos al matrimonio sin contar con Él.

Un matrimonio no se sustenta con un deseo, una ilusión. Este solamente se sustenta si Cristo está en nuestras vidas. Él nos prepara para una relación perdurable, edificando no una casa, sino un hogar basado en el respeto, el amor, la pureza, la comprensión, la lealtad y la fidelidad.

Muchos hogares se han destruido porque nunca dejaron que Él participara, creyendo que solamente el amor o la atracción era suficiente para estar unidos y poder soportar cada crisis que todo matrimonio está expuesto a padecer. Pero cuesta ser edificado, porque es necesario sacar el material dañado o inservible y colocar el material bueno, el que sirva, que solamente se consigue cuando Él es nuestro maestro constructor.

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