Entreguémosla al Señor

A ti, Señor, elevo mi alma. Salmos 25: 1

Nuestra alma es la más difícil de disciplinar; nunca quiere. Ella desea todo lo que nuestro espíritu no quiere, acondicionando nuestras emociones y pensamientos hasta hacernos prisioneros.

No podemos permitir que nos domine y tome el control, anulando nuestra vida espiritual, hasta secarnos y dejarnos estériles. Debemos tomar la autoridad y sujetarla a nuestro espíritu para que siempre esté dispuesta a obedecer. Así como Débora le dio una orden a su alma cuando estaba en la guerra, y le dijo: “Marcha, alma mía, con poder”

Entreguémosla al Señor para que Él gobierne por encima de todas las cosas y podamos disfrutar una vida llena del espíritu: alabando, danzando, orando y ayunando, con gozo, alegría y júbilo todos los días. En cada guerra habrá una victoria por un alma que no se rinde, sino que actúa a la voz del espíritu.

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