No dejemos que el orgullo no nos permita humillarnos delante de Dios

Descendió entonces Naamán y se zambulló siete veces en el Jordán, conforme a la palabra del varón de Dios, y su carne se volvió como la carne de un niño, y quedó limpio. 2 Reyes 5: 14

La esperanza de los que no tienen a Dios está en lo que tienen y manejan. Dios no cuenta. Su vida se basa en lo que saben, y de nadie dependen, sino de ellos mismos, llegando a creer que sus habilidades son más que suficientes y a considerarse perfectos. Por eso, su orgullo es tan grande que no quieren doblegarse ante nada, ni aun cuando saben que su única alternativa es Dios. Prefieren seguir igual.

Esto le pasó a Naamán, un jefe del ejército del Rey Aram. Estaba lleno de orgullo y vanagloria porque era una persona reconocida por su valentía en la guerra. Pero un día cayó con lepra y nada había que lo sanara, sino la intervención divina.

Cuando el profeta Eliseo le dijo que se sumergiera 7 veces en el Jordán, se negaba a hacerlo, porque no quería quebrantarse. Pero el hombre de Dios sabía que esta sería la única forma de que él se humillara y reconociera que necesitaba de Dios y no de sus méritos en la guerra.

No dejemos que el orgullo no nos permita humillarnos delante de Dios, cuando sabemos que Él es el único que puede ayudarnos en esos momentos de dolor, desesperación, crisis, enfermedad, muerte, que nos acontecen inesperadamente.

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