No seamos duros de corazón y entreguemos nuestras vidas al Salvador

El que cree en el Hijo, tiene vida eterna; pero el que no quiere creer en el Hijo, no tendrá esa vida, sino que recibirá el terrible castigo de Dios. Juan 3: 36

Todo tiene un principio y un fin. Nada es eterno en la tierra; un día nacemos, pero un día ya no estaremos más. Esa es la ley de la vida y nada podrá quebrantarla, porque así lo dispuso Dios en Su soberanía. Pero pocas son las personas que entienden que el tiempo en la tierra es limitado. Por tanto, viven una vida desordenada, sin pensar que en cualquier momento dejarán de estar. El bien que pudieron haber hecho, no lo hicieron, ni se preocuparon por dejar un legado en las generaciones venideras, como ejemplo a seguir.

Esta realidad la viven muchos a diario, porque piensan que la vida en la tierra es eterna. Y sí hay una vida eterna, pero es la que se alcanza cuando aceptamos a Jesucristo como nuestro Señor y Salvador, lo cual nos cambia y nos transforma. De no ser así, todo lo que hacemos no tiene valor y nos quedaremos sin galardón. Solamente con decir ”Pude, pero no lo hice; cuando me predicaron no acepté” el tiempo no puede volverse para atrás.

No seamos duros de corazón y entreguemos nuestras vidas al Salvador, diciendo: “Yo voluntariamente decido entregarte mi vida y mi corazón a ti, Jesús. Perdona mis pecados, conscientes o inconscientes. Quítame todo lo que me aparta de ti. Quiero servirte desde ahora y para siempre. Escribe mi nombre en el libro de la vida, para que alcance el galardón más grande y precioso, la vida eterna”.

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