Si orásemos así

Invocó Jabes al Dios de Israel diciendo: «Te ruego que me des tu bendición, que ensanches mi territorio, que tu mano esté conmigo y que me libres del mal, para que no me dañe.» Y le otorgó Dios lo que pidió. 1 Crónicas 4: 10

Cuántas oraciones hemos hecho y no nos explicamos por qué no son contestadas. A veces nos preguntamos ¿qué está pasando?, ¿no estoy haciéndolo bien?, ¿he pecado sin darme cuenta? A partir de ese momento empezamos a hacer análisis y sacar conclusiones, a buscar otros métodos para orar que nos den resultado.

A Dios no se llega con métodos ni con reglas, sino con el corazón. Porque orar no consiste en decir muchas palabras, en repetir oraciones aprendidas o en impresionarlo con palabras bonitas, pues Su corazón es tocado por el que se humilla y reconoce quien es Él.

Jabes se menciona una sola vez en la Palabra, y para dejarnos entender cómo su oración encontró respuesta de parte de Dios. Primero reconoció que el Dios de Israel al que Él estaba invocando era la fuente de toda bendición, levantó un clamor, pidió pasar a otro nivel (reconoció que había llegado a su límite) y pidió ser guardado del mal para que sus bendiciones no fueran estorbadas.

Si orásemos así, reconociendo y humillándonos, nuestras oraciones tendrían un alcance tan fuerte en los cielos que Dios concedería nuestras peticiones.

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