• “La Importancia de aprender a esperar en Dios.  Mensaje del Apóstol Dr. Miguel Bogaert Portela”

    Lunes, 11 de noviembre de 2018

    “La Importancia de aprender a esperar en Dios.  Mensaje del Apóstol Dr. Miguel Bogaert Portela”

    Si nos ponemos a pensar en lo que significa esperar, lo primero que vemos es que la espera necesita paciencia. Cuando esperamos en Dios, nos movemos en el tiempo de Dios. Esta es una de las cosas más importantes, el esperar en Dios, hace que entremos en Su tiempo.

    Lo que nos asegura estar caminando en el propósito que tenemos en Dios, es el nosotros estar en Su tiempo. Automáticamente salimos del tiempo de Dios, también lo hacemos de Su propósito.

    Uno de los problemas que tenemos como creyentes, es la impaciencia. Queremos las cosas cómo queremos y cuándo las queremos, y las cosas son cómo Dios dice y cuándo Él dice. Si queremos aprender a esperar en Dios, tenemos que aprender a lidiar con la paciencia.

    El mundo nos enseña que todo debe ser rápido y de forma agresiva, y esto es un problema, porque así queremos las cosas en la iglesia.

    Eclesiastés 3:1 (RV1960) “Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora”.

    Las cosas no son a nuestra manera ni en nuestro tiempo. Las cosas ocurren en Su tiempo.

    Aquí empieza uno de los grandes tratos de Dios con el hombre: el entrarnos en Su tiempo y en Su forma de hacer las cosas. Este problema viene por el espíritu de independencia, de hacer las cosas a nuestra manera y no a la manera de Dios. Es por esto, que tenemos tantos conflictos y problemas, es por esto, que desmayamos y nos cansamos, cuando hacemos esto, perdemos las fuerzas.

    Si nosotros oramos, pero no tenemos el tiempo para esperar en Dios, nuestra oración es vana.

    Isaías 40:28 (RV1960) “¿No has sabido, no has oído que el Dios eterno es Jehová, el cual creó los confines de la tierra? No desfallece, ni se fatiga con cansancio, y su entendimiento no hay quien lo alcance”.

    Dios quiere que sepamos esperar en Él con el entendimiento de quién es Él. Porque en Dios no hay tiempo, Él es eterno, Él es un presente ahora.

    Cuando creemos estar esperando, ya Dios nos lo está dando. El hecho de que no veamos físicamente lo que estamos esperando, no quiere decir que Dios no nos lo está dando.

    Versículos 29 -31: “El da esfuerzo al cansado, y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas. 30 Los muchachos se fatigan y se cansan, los jóvenes flaquean y caen; 31 pero los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas; correrán, y no se cansarán; caminarán, y no se fatigarán”.

    Cuando empezamos a luchar con Dios, tarde o temprano nos quedamos sin fuerzas. No hay algo que quite más las fuerzas, que la duda; y la impaciencia va de la mano con la duda. Todo aquel que es impaciente, también tiene dudas.

    La Palabra nos enseña que cuando nos cansamos y desfallecemos, somos inmaduros. Si nos cansamos y tiraos la toalla, porque llevamos un tiempo orando sin recibir respuesta, estamos demostrando inmadurez.

    No desmalles, no desfallezcas, sigue orando y ve a la presencia de Dios porque Él es quien te fortalece. Esperar en Jehová es confiar y no dudar.

    Cuando esperamos en Dios y no lo hacemos en nosotros mismos, cuando hacemos las cosas en Su tiempo, Él nos va a empujar hasta llegar a la meta y obtener la victoria.

    Viene un nuevo tiempo a tu vida y hasta que no lo veas, no puedes desmayar ni dejar de luchar.

    Si buscas una característica de un hombre creyente espiritual maduro, éste siempre está esperando en Dios y no demuestra desesperación ni impaciencia, se encuentra firme; y es que sin importar que el cielo se les esté cayendo, se mantienen firmes por una palabra rhema dada a sus vidas.

    En cambio, los inmaduros espirituales son los que desesperan por no ver el cumplimiento de su promesa. Cuando se van nuestras fuerzas, porque esperamos en nuestro tiempo, matamos la promesa que Dios nos ha dado. Esto es peor, porque en vez de luchar para vivificar esa palabra, tendrás que luchar para resucitarla. No es lo mismo, el luchar para mantener algo con vida, que lucha por resucitar algo que dejaste morir porque no luchaste y desmayaste.

    Nuestras promesas mueren porque somos muchachos espirituales.

    Esperar en Dios es una virtud que envuelve otras virtudes, y esto es lo que nos hace ser maduros espiritualmente. Esperar en Dios envuelve la paciencia y la obediencia, esperar en Dios envuelve la sumisión, la fe y el amor, esperar envuelve el temor y el confiar en Él.

    Cuando no esperamos en Dios, no confiamos ni tenemos paciencia. El Dios que buscamos es el Alfa y Omega, es el Dios Todopoderoso, capaz de todas las cosas, es el Eterno.

    Para esperar en Dios, necesitamos tener todas estas virtudes, ser sumisos y obedientes, tener amor y fe, y hasta dominio propio. Dios nos dará las cosas conforme estemos por dentro. Le entregamos nuestra vida a Dios, pero no queremos depender de Él, porque decidimos por nuestra cuenta y queremos las cosas cuándo las queremos.

    También Satanás quiso las cosas fáciles. Y todos los impacientes son iguales, quieren las cosas sin luchar, a ellos no les gustan los procesos, prefieren brincar las cosas. Los que esperamos en Dios, sabemos que hay cosas que no podremos cambiar.

    El esperar en Dios no asegura que Él cambiará las cosas, porque Él no tiene que hacer el cambio solamente para darte un gusto. Debemos seguir orando para que Dios nos cambie a nosotros y en el proceso, así lo hagan nuestras circunstancias. Siempre habrán cosas que Dios cambiará, otras que no y otras por las que habrá que esperar. Más los que esperamos, sabemos que renovaremos fuerzas y no nos cansaremos.

    Cuando intentamos cambiar las cosas, nos agotamos y nos cuesta salir adelante. Analízate a ti mismo, mira el tiempo que llevas en la iglesia y cuánto has cambiado desde entonces. Si no decides hacer el cambio, Dios no lo hará por ti.

    Por hacer las cosas con nuestras fuerzas, son muy pocos los que cumplen su propósito en la iglesia. Esperar en Jehová es entrar en Su kairos, que significa Dios haciendo y tú recibiendo. Y sucede que aunque ores, no recibes, porque desmayas en la oración.

    Desmayar no significa solamente dejar de orar, significa perder la calidad de la oración y del sacrificio. Dejamos de orar, pero primero perdemos la calidad de la oración y el fuego de Su presencia.

    Una de las cosas más necesarias en el creyente, es saber esperar. No importa la tempestad, no importa lo difícil de tu circunstancia, si Dios te lo dijo, espéralo.

    La desesperación va de la mano con el espíritu de duda. La primera luz roja en el tablero de la vida, cuando estamos esperando, es decir que lo que esperamos no era de Dios. Nos decimos a nosotros mismos que dejamos de orar porque no era de Dios. ¿Y quiénes somos nosotros para decir que es o no es de Dios?

    El primer principio para esperar en Dios es que tenemos que ser tercos en Dios. 

    Hasta que veamos el cumplimiento, debemos seguir y perseverar. Si Dios te dijo que era una persona, y esa persona no fue, puede ser lo el primo, el hermano o el vecino, pero debes creer que hay algo tuyo ahí.

    Si no era tuyo, tu insistencia en Dios debe hacer que se vuelva tuyo. ¡Insiste y haz lo que Dios dice que tienes que hacer!

    Sabemos que no estamos caminando en nuestro propósito cuando lo estamos haciendo en nuestras propias fuerzas. Cuando no recibimos nada es porque Dios no hace nada que no esté en nuestro propósito. Dios nos bendice por nuestro propósito.

    Tenemos que perseverar porque es más difícil resucitar algo que mantenerlo con vida.

    Leví la recibió cuando estaba en los lomos de Abraham, si no la ves en tu vida, la verás en tus hijos o en tus nietos.

    Aquellos que hacen las cosas en el tiempo de Dios, no tienen nada de egoístas, piensan en generaciones.

    La desesperación, mientras esperamos, nos lleva a buscar alternativas y ésta, nos introduce en caminos equivocados. Todo el que se desespera, esperando en Dios, busca alternativas.

    Cuando tiramos la toalla, es porque ya hace mucho salimos de la voluntad de Dios. Y esto es lo que nos sucede:

    1. Perdemos la calidad en nuestra oración.
    2. Nos desesperamos.
    3. Dudamos.
    4. Buscamos alternativas.

    A parte de orar y hacer sacrificio, silicio, hay algo que no puede faltar, y se llama memoria. Nunca te olvides de lo que Dios te ha prometido. La Palabra que tienes de Dios es lo que te sostiene; cuando recibes una palabra profética, no mires al hombre o a la mujer de quien la recibiste, mira al Dios Eterno.

    Dios no avisa cuando cruza la línea del tiempo, por eso no lo hace cuando te llega un de repente. Cuando Dios nos entrega algo, lo saca de la eternidad, pero nosotros debemos estar en Su tiempo para poderlo recibir. Debemos estar conectados a Su tiempo, porque si no lo estamos, cuando la bendición salga, no caerá sobre nosotros.

    Cuando decimos que ya no podemos más, que no resistimos, estamos hablando palabras ociosas. Si el enemigo pone en tu cabeza una tesis, tú debes responderle con una antítesis.  

    Todo aquel que espera en Dios, lleva en él, ingredientes de obediencia y sumisión.

    Génesis 22:1-16 (RV1960) “Aconteció después de estas cosas, que probó Dios a Abraham, y le dijo: Abraham. Y él respondió: Heme aquí. 2 Y dijo: Toma ahora tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas, y vete a tierra de Moriah, y ofrécelo allí en holocausto sobre uno de los montes que yo te diré. 3 Y Abraham se levantó muy de mañana, y enalbardó su asno, y tomó consigo dos siervos suyos, y a Isaac su hijo; y cortó leña para el holocausto, y se levantó, y fue al lugar que Dios le dijo. 4 Al tercer día alzó Abraham sus ojos, y vio el lugar de lejos. 5 Entonces dijo Abraham a sus siervos: Esperad aquí con el asno, y yo y el muchacho iremos hasta allí y adoraremos, y volveremos a vosotros”.

    ¿Qué habrá pensado Abraham durante esos tres días de camino? Habrá dicho para sí, ¿me diste un hijo y ahora me lo quitas? ¿Iría Abraham cuestionando a Dios?

    Muchos quieren ponerse en el lugar de Isaac, pero nadie quiere ponerse en el lugar de Abraham. Abraham tuvo fe y nuca vio a su hijo sacrificado; a su siervo le dijo: ´espéranos aquí que volveremos´. Abraham siempre vio al Dios proveedor.

    En el tiempo de Dios, lo que Él dice, se cumple.

    Génesis 21:2 (RV1960) “Y Sara concibió y dio a Abraham un hijo en su vejez, en el tiempo que Dios le había dicho”.

    Yo creo que Abraham tenía una antítesis, que si su hijo moría, Dios lo resucitaría.

    La fe es la certeza de lo que se espera, si no sabemos esperar, no tenemos fe. Nos impacientamos porque no tenemos amor. El que ama a Dios, reconoce que Él es soberano.

    1 Corintios 13:7 “… el amor todo lo sufre y todo lo espera”.

    Salmos 37:1-8 (RV1960) “No te impacientes a causa de los malignos, ni tengas envidia de los que hacen iniquidad. 2 Porque como hierba serán pronto cortados, y como la hierba verde se secarán. 3 Confía en Jehová, y haz el bien; y habitarás en la tierra, y te apacentarás de la verdad. 4 Deléitate asimismo en Jehová, y él te concederá las peticiones de tu corazón. 5 Encomienda a Jehová tu camino, y confía en él; y él hará. 6 Exhibirá tu justicia como la luz, y tu derecho como el mediodía. 7 Guarda silencio ante Jehová, y espera en él. No te alteres con motivo del que prospera en su camino, por el hombre que hace maldades”.

    Muchos nos impacientamos y desesperamos cuando vemos que otros van delante de nosotros, creciendo y desarrollándose más que nosotros mismos.

    Proverbios 30:5 (RV1960) “Toda palabra de Dios es limpia; Él es escudo a los que en él esperan”.

    Salmos 37:23-24 (RV1960) “Por Jehová son ordenados los pasos del hombre, y él aprueba su camino. 24 Cuando el hombre cayere, no quedará postrado, porque Jehová sostiene su mano”.

    Al tiempo de Dios no podemos entrar con todo lo que cargamos a cuestas, Dios tendrá que quitarnos cosas que no nos permiten entrar a Su presencia. Entrar en Su tiempo es entrar en Su presencia.

    Solamente en la presencia de Dios, empieza nuestro propósito. Aunque las cosas se alejen y la situación se torne difícil, no disminuyamos nuestro tiempo ni calidad de oración. Tampoco mengue nuestro reconocimiento de que Dios es eterno y soberanos; que las cosas no son cuándo y cómo nosotros las queremos, sino más bien, cuándo y cómo Él las quiere.

    Dejemos de luchar con Dios, no intentemos ganarle el pulso. Debemos cambiar y entrar en el nuevo tiempo que Él ha hablado. Tenemos que saber esperar en Dios. Todo lo que Él nos da viene con un propósito de promesas.

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