Este es el enemigo que se levanta contra todo lo que lleva el nombre de Dios. 2 Tesalonicenses 2: 4

La guerra es tan fuerte que no podemos cerrar nuestros ojos, porque al mínimo descuido somos azotados por el enemigo, el cual quiere destruir la obra redentora de Cristo para que no nos levantemos más.

Por eso esta carrera, la de ser cristiano, tenemos que defenderla con valentía, estableciendo que nuestra lucha no es contra carne ni sangre sino contra principados, gobernadores, potestades y huestes de maldad. Estos luchan para que el reino de la luz no se manifieste en nuestras vidas, haciéndonos prisioneros y sometiéndonos a yugos que nos imposibilitan la libertad que nos fue dada hace dos mil años.

Tenemos que levantarnos con las armaduras de Dios, a la vez que establecemos los ángeles de guerra con espada desenvainada alrededor de nosotros, dispuestos a pelear hasta vencer al que se levante en contra.

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